Marea negra y cruces Victoria:

La Batalla de Rorke's Drift

Artículo por: Raúl Matarranz

Originalmente publicado por el autor en la revista: Wargames, Soldados y Estrategia

El desastre de Isandlwana supuso algo más que un simple revés estratégico para los planes de Lord Chelmsford, Comandante en Jefe de las tropas británicas en Sudáfrica durante la Guerra Zulú. Con el fracaso sufrido por la columna de invasión central y el resto de las fuerzas británicas diseminadas por el resto del territorio, sólo un pequeño grupo de hombres, una compañía del 24º Regimiento de Infantería se interponía entre los 4.000 zulúes de la reserva del ejército negro que había masacrado solo unas horas antes a los casacas rojas y los indefensos colonos de Natal. Fortificados en una misión junto al río, los británicos darían un nombre de leyenda al lugar: Rorke´s Drift.

 

 

 

Antecedentes

Desde que invadieran el país zulú en enero de 1.879, los hombres de la Columna de Invasión Central de Lord Chelmsford apenas habían tenido encuentros con los guerreros de Cesthwayo. Únicamente un ataque a un kraal, en el que intervinieron tres compañías del 24º Regimiento, las tropas montadas y el NNC (Contingente de Nativos de Natal, voluntarios negros que colaboraban con las tropas imperiales en labores de apoyo, reconocimiento y persecución, así como carga de la impedimenta), y que fue ocupado sin mayores dificultades, había sido la única acción de la que habían sido testigos estos hombres. Noticias provenientes del Norte y del Sur confirmaban que las columnas del Coronel Pearson y del Coronel Wood, respectivamente, habían penetrado también en Zululand, y que avanzaban convergiendo hacia Ulundi, la capital del reino. La moral era, por tanto, en general buena.

 

Un exceso de confianza y una deficiente información llevó a Lord Chelmsford a una división de fuerzas, con el objeto de localizar el grueso del ejército zulú y vencerlo en batalla, destruyendo así la resistencia de sus enemigos. Así, las fuerzas británicas de la Columna Principal, quedaban divididas en tres grupos, el primero de los cuales, bajo el mando del propio general, se adentraría más en territorio enemigo para confirmar los rumores de la localización del impi (nombre que se daba a los regimientos zulúes), mientras que la otra mitad de la columna, bajo el mando de los coroneles Pulleine y Durnford (venido desde Natal con sus tropas indígenas montadas) defenderían el no fortificado campamento que se había instalado a los pies de un monte de muy pronto emblemático nombre: Isandlwana. Un pequeño contingente quedaba finalmente en la misión de Rorke´s Drift, junto al punto en el que la Columna había vadeado el río que separaba Natal del país zulú días atrás para establecer un punto de suministros y reabastecimiento.

 

La Batalla de Isandhlwana

 Lord Chelmsford se adentró en busca de un enemigo al que nunca encontró, pues el ejército zulú había rodeado al grupo de búsqueda por las colinas del Norte y esperaba el momento propicio para descender hacia el Sur por la Escarpadura de Nquthu y atacar el campamento británico de Isandlwana. Así, cuando Durnford envió patrullas en esa dirección con objeto de asegurarse de la posición del enemigo, desencadenó una sangrienta batalla de la que difícilmente saldría nadie con vida. Pulleine ordenó tocar a formación y, cubiertos por los disparos y explosiones de la artillería británica, las tropas de Durnford se retiraron sobre el campamento, pero los guerreros negros les venían pisando los talones. Una serie de descargas cerradas a corta distancia contuvo por un momento la marea de furibundos guerreros, pero pronto la munición comenzó a escasear entre las tropas británicas, que poco a poco fueron incapaces de contener a los zulúes, hasta que el flanco que cubría el NNC se vino abajo cuando estos arrojaron al suelo sus armas y huyeron, dejando descubierta la posición. Lo siguiente con lo que se encontraron los soldados británicos de los flancos fue con miles de guerreros gritando USHUTHU!, antes de ser aniquilados. Poco a poco, pequeñas islas rojas en medio de la marea negra fueron creándose, a medida que los infantes ingleses luchaban espalda con espalda o en pequeños grupos, hasta que fueron siendo aniquilados uno tras otro y el campamento, incendiado, quedó en posesión de los zulúes, que pronto empezaron a saquear los cuerpos y a rematar a los agonizantes heridos, que se arrastraban y gritaban por doquier, hasta que el único sonido que quedó sobre el campo fue el clamor de los vencedores. En total, de los 1.700 defensores del campamento, sólo sobrevivieron 400 negros del NNC y 60 blancos, ninguno de ellos del 24º Regimiento. El camino hacia Natal estaba ahora abierto.

 

La presa que contuvo la marea: Rorke's Drift

 

Los sucesos acontecidos en Isandlwana se difundieron rápidamente por todo el territorio, a medida que los supervivientes que habían escapado de la matanza expandían la terrible noticia. La principal columna de invasión británica había sido destruida, y ahora los guerreros de Cesthwayo asolarían Natal. En la inevitable ruta de los que huían, se encontraba la misión de Rorke`s Drift, cercana al vado por el que las fuerzas de Lord Chelmsford habían cruzado el río Mzinyathi (también llamado Río Búfalo) al empezar la invasión militar del territorio zulú. Establecida como punto de reabastecimiento de convoyes de carromatos y suministros, se encontraba protegida por una pequeña guarnición de tropas regulares británicas, bajo el mando del Teniente G. Bromhead, consistente en la Compañía B del 2º Batallón del 24º Regimiento de Infantería (2/24 Rgto), así como un pequeño destacamento de nativos e irregulares, y heridos de diversa consideración, que se recuperaban de la acción del 12 de enero, cuando la Columna Central atacó el punto fuerte de Sihayo, un líder local zulú (su nombre completo era Mehlokazulu kaSihayo). Totalizaban en total menos de 200 efectivos.

 

Por su parte, el ejército zulú, con Ntshingwayo kaMahole Khoza, su jefe, a la cabeza, sin que lo supieran los defensores, volvía hacia la capital del reino, Ulundi, para comenzar las ceremonias de purificación por su victoria, para presentársela a su rey y, finalmente, para recuperarse. Volvían victoriosos, con gran cantidad de armas, municiones y diversos trofeos capturados como botín, dejando atrás los cuerpos semidesnudos de las 6 compañías del 24º Regimiento, y un campamento arrasado y en llamas. Sólo una parte del ejército zulú no estaba satisfecha.

 

La reserva del ejército, bajo el mando del Príncipe Dabulamanzi ka Mpande, familia del propio rey, compartía la furia de sus guerreros por no haber podido llevarse la gloria de la batalla, pues su posición como retaguardia les había impedido participar activamente en ella. Sus fuerzas eran las agrupadas bajo el nombre de uNdi, de aproximadamente unos 4.000 guerreros, e incluían a parte de los regimientos uThulwana, iNdluyengwe, iNdlondlo y uDloko, siendo estos los únicos que los generales zulúes habían podido mantener en mando durante la anterior batalla de Isandlwana, habiendo pagado con su disciplina no ser parte de la gran victoria. Este hecho había enfurecido especialmente a los guerreros, que no estaban dispuestos a volver a casa con las manos vacías, de modo que, desobedeciendo órdenes, se dirigieron a la frontera con la intención de atacar Natal. Ésta decisión en particular había sido prohibida personalmente por el popio rey Cetshwayo, quien en el fondo buscaba una salida negociada al conflicto que se vería favorecida, desde su punto de vista, si se llevaba a cabo una campaña meramente defensiva. Sin embargo, los hombres de Dabulamanzi decidieron arriesgarse y no tomar en consideración semejantes cuestiones. En su camino hacia Natal, se encontraba el campamento británico de Rorke´s Drift. Ése sería el lugar en el que conseguirían su gloria, pero no del modo en el que esperaban hacerlo.

 

 

Se organiza la defensa 

Tan pronto como las noticias de Isandlwana llegaron a la posición británica, los oficiales se reunieron para preparar la acción. La amenaza era muy real, puesto que la misión se encontraba justo en mitad del camino entre el ejército zulú y la colonia de Natal, por lo que era casi seguro que la marea negra atacaría pronto el campamento. Era éste apenas un conjunto de edificios, una iglesia, un hospital y un redil de ganado, salpicado de las tiendas de campaña, alrededor de todo el recinto, de las tropas del 24º Regimiento. Confiados y poco previsores, los hombres de Bromhead ni siquiera habían limpiado los alrededores para formar los adecuados campos de tiro, y mucho menos fortificado el campamento. Afortunadamente, esto no era un problema insalvable, pues existían gran cantidad de cajas y sacos de suministros, municiones y demás enseres con los que levantar un parapeto. Tras quedar establecido que asumía el mando por ser el oficial de mayor antigüedad, el teniente John R. Merriott Chard, de los Ingenieros Reales, se reunió con el teniente James Adendorff, del 1º Batallón del 3º Regimiento del Contingente de Nativos de Natal, el hombre que había traído la noticia de Isandlwana y que era un experto en luchar contra los zulúes, y comenzó la tarea de preparar la posición para resistir el inevitable y masivo ataque que muy pronto caería sobre ellos.

 

Como primera medida de precaución, Chard ordenó a Bromhead que destacase a varios vigías a lo alto del Monte Oskarberg, desde el que se divisaba el otro lado del río, para que comunicasen cualquier movimiento o aproximación del ejército zulú. Se envió un mensajero a Helpmekaar, a sabiendas de que no podría traer refuerzos, para que corriera al menos la voz de alarma. Las únicas fuerzas disponibles eran las de la Columna de Reserva del Coronel Anthony Durnford, pero su caballería, que se había adentrado en el país zulú, había caído en la propia batalla de Isandlwana con el mismo Durnford a la cabeza. Ahora sólo restaban unidades del NNC (Contingente de Nativos de Natal), que se cuidarían mucho de atacar frontalmente a un impi zulú (ni se les podía exigir, dado que se les equipaba con un rifle para cada 10 hombres, siendo sus funciones las de exploración y persecución), mucho menos en condiciones de inferioridad. Que los blancos hicieran su guerra. Al menos se avisaría a las comunidades para que se agruparan y pudieran protegerse en los núcleos urbanos.

 

Después de una rápida inspección, Chard decidió establecer una serie de líneas de defensa, utilizando como apoyo los edificios de la misión. La posición, por lo menos, no era del todo mala. La agrupación de edificaciones ofrecía la posibilidad de utilizarlos como bastiones si se lograba edificar un muro que les diera continuidad, y eso era justo lo que el inteligente Teniente de Ingenieros decidió tras un breve análisis táctico. Se levantó un primer parapeto que llegaba desde el hospital hasta el redil de ganado, y otro que cubría desde el almacén al propio hospital, de modo que toda la posición quedaba rodeada por esta precaria línea de cobertura. Asimismo, se levantó una segunda fortificación que uniera perpendicularmente ambas defensas, de modo que pudiera utilizarse en caso de tener que retirarse, y se estableció, por último, una posición final, un reducto, junto al almacén, como lugar de resistencia en caso de que cayeran las dos líneas defensivas. Esa sería el último baluarte, el lugar en el que los últimos soldados británicos venderían caras sus vidas en caso de caer el resto del puesto. Al menos, harían su última lucha en cobertura, y podrían ocasionar grandes bajas a los zulúes. Si lo hacían bien, y Chard contaba con hacerlo, a los guerreros de los impis les costaría caro lograrlo, pagarían su precio en sangre. Además, cada minuto que se resistiese era tiempo que se daba a las comunidades blancas para retirarse a las ciudades mayores, donde podrían ser protegidas. La posición quedaba así definitivamente cerrada, ofreciendo un sólido muro a su alrededor de cajas, carromatos volcados y sacos de suministros, que ofrecía una bastante aceptable protección para los defensores. El cirujano del puesto, James Henry Reynolds, estableció su propia mesa de operaciones en la iglesia, el edificio más sólido de la misión, y el comisario James Langley Dalton distribuyó la munición entre los hombres, con la ayuda del capellán George Smith, quien marchaba de un lado a otro exhortando a los hombres a blasfemar mientras repartía las pesadas balas de los Martini-Henry. Un grupo de reserva, apenas un pelotón, quedaba bajo el mando del mismo Bromhead, para cubrir brechas allí donde se produjesen, así como para contraatacar si se rompía la línea.

Dispuestos a cumplir con su deber y a defender el honor del 24º Regimiento de Infantería de Su Majestad la Reina Victoria, los casacas rojas ocuparon disciplinadamente sus puestos, unos nerviosos, otros, los más veteranos, más serenos y tranquilos, pero todos con un valor y una decisión dignos de los mayores héroes de la historia. Había llegado el momento de entrar en los mayores anales de la historia del ejército británico.

 

 

Los primeros combates

Alrededor de las 16:20 de la tarde, el impi zulú aparecía por el horizonte y se encontraba con un grupo de la Caballería Nativa de Natal, bajo el mando del teniente Henderson, quien rompió el contacto con el enemigo huyendo en dirección a Helpmekaar. Después de Isandlwana, Henderson desconfiaba de la efectividad de los campamentos ingleses, y con una masacre por día ya había tenido más que suficiente. Que los ingleses hicieran su guerra, después de todo, sus hombres eran voluntarios, no ejército regular, y esta guerra no tenía por qué afectar a las comunidades bóers. Así, los soldados de Rorke´s Drift pudieron ver cómo otro contingente pasaba ante su posición, camino de la relativa seguridad que todavía ofrecía Natal. Esto fue demasiado para los nativos del NNC del capitán Stephenson, quienes también salieron huyendo del campamento, dejando a los soldados imperiales solos en su al menos fortificada posición, desde la que se enfrentarían a su propio destino. Mientras las unidades de nativos y de irregulares desaparecían huyendo cobardemente en el camino de Natal, los hombres del 24º de Infantería, fieles a la disciplina que siempre ha hecho famosos a los casacas rojas del Ejército Británico, se mantenían en sus puestos, contemplando cómo la enorme marea negra se dibujaba a su alrededor, a medida que más y más guerreros, formados en sus respectivos impis, surgían por el horizonte golpeando sus escudos y tomando posiciones alrededor del pequeño puesto británico, una isla roja en la inmensidad de la gigantesca marea negra.

A la señal de sus mandos, unos 600 guerreros, según el cálculo aproximado del teniente Chard, lanzaron su habitual grito de guerra “USHUTHU!”, y cargaron con furia contra la posición británica, siendo recibidos por una descarga cerrada de fusilería. El avance zulú continuó hasta quedar aproximadamente a unas 50 yardas de los sacos tras los que se cubrían los soldados europeos, que abrían fuego frenéticamente para detener el asalto enemigo. Entonces, trataron de rodear el hospital, buscando una fisura en el parapeto, pero su intento fue en vano. Finalmente, los zulúes decidieron que no iba a ser tan fácil ganarse la gloria que no habían podido conseguir en Isandlwana, y se retiraron organizadamente para planear mejor el ataque. Bajo un resplandeciente y soleado cielo, los hombres del 24 º estallaron en vítores, que se extendieron por toda la posición. El primer ataque había sido rechazado. Sin embargo, los oficiales sabían que no sería el último.

Dabulamanzi no perdió el tiempo y, más prudente, ordenó comenzar a barrer el puesto británico, colocando tiradores en un barranco, a unas 400 yardas de la misión. Mientras los soldados ingleses buscaban cobertura y atendían a los heridos, un nuevo ataque vino desde la izquierda, aprovechando la cobertura de la vegetación, pero fue rechazado por los defensores del hospital, que contaban con la ventaja del edificio que defendían. Los guerreros del color del ébano arrojaron sus venablos, que se cruzaron con una nueva descarga de fusilería. Las pesadas balas de las carabinas Martini-Henry hacían terribles heridas a los valientes guerreros, que tuvieron que reconocer la superioridad de sus enemigos, protegidos tras el parapeto, y retirarse tan rápidamente como habían aparecido para atacar. Entretanto, Bromhead destacaba hombres para devolver el fuego a los tiradores zulúes, entablándose un tiroteo que duraría toda la tarde.

 

La lucha por el hospital

Las líneas defensivas británicas pronto fueron sometidas a gran tensión, y los guerreros zulúes se enzarzaron en violentos combates cuerpo a cuerpo tantas veces como les fue posible. En particular, los hombres del 24º Rgto que defendían el hospital tuvieron que defender caras sus vidas cuando los guerreros comenzaron a penetrar por todas partes. Gritos, disparos y lanzadas se entremezclaban con el humo del incendio que pronto prendió el inadecuado edificio, lo que generó más confusión aún en la posición.

El primero en encontrarse a los asaltantes fue el soldado Waters, quien al ir a buscar una mejor posición de tiro encontró a un grupo de guerreros que acababa de matar a otro soldado del 24º, llamado Horrigan. Todavía estaban acuchillando el cadáver del pobre hombre cuando Waters no pudo evitar quedarse un instante paralizado por el terror, un mismo instante en el que los guerreros se giraron y contemplaron una nueva vítima. Reaccionando con rapidez, Waters cerró rápidamente la puerta tras de sí, ganando unos segundos que le salvaron la vida, lo que tardaron los enfurecidos zulúes en derribarla. Otros dos compañeros, los soldados Williams y Hook, se encontraron de bruces con el propio soldado y con sus perseguidores, pero consiguieron abrirse paso a través del muro, abriendo un agujero con sus bayonetas y logrando contener a los negros guerreros, que se afanaban en tratar de atravesar la difícil posición. La lucha se volvió frenética, puesto que los ingleses sabían que si algún zulú cruzaba el boquete todos morirían sin remisión. Sin embargo, los dos hombres lograron coordinarse bien y ningún guerrero logró su objetivo, a pesar de que muchos lo intentaron. Mientras se reunían con el resto de los hombres del hospital, el soldado Robert Jones se ocupó de defender la puerta, mientras los heridos eran lentamente evacuados de habitación en habitación, tratando de escapar al enjambre de enemigos que parecía aumentar por momentos. Las llamas y el humo lo invadían todo mientras el pequeño grupo de casacas rojas se abría paso hacia una salida, tratando de escapar de la muerte. Tropezando, disparando, apoyándose los unos en los otros, en especial los heridos, la mayoría consiguieron su objetivo, pero uno de los heridos, el sargento Maxfield, murió a manos de los zulúes, a pesar de los esfuerzos de sus compañeros de intentar salvarle. Tuvieron que conformarse con ver cómo el hombre desaparecía en la marea negra y se oían sus gritos de dolor a través del humo, mientras el resto de los defensores se retiraban resignados y con lágrimas en los ojos. No había tiempo de volver la vista atrás si querían seguir con vida.

Chard comprendió rápidamente la necesidad de recuperar el perímetro, y ordenó descargas cerradas, mientras el doctor Reynolds atendía a los recién salidos del hospital en la propia línea de fuego, y el reverendo Smith repartía las municiones a los agotados soldados y les increpaba de nuevo sobre lo inadecuado de blasfemar. Un atónito cabo Allen se afanaba por ayudarle, ocupando el lugar del herido Comisario Dalton.

El esfuerzo conjunto de todos esos desesperados hombres dio sus frutos, y se logró restaurar la posición. Los cadáveres de los zulúes se apilaban por docenas a medida que los soldados ingleses avanzaban haciendo fuego por secciones y recobraban el terreno perdido, hasta que finalmente recuperaron el parapeto. Entonces, vociferando y maldiciendo a sus enemigos, las negras columnas de zulúes se retiraron para lamerse sus heridas y su machacado orgullo, y para preparar una nueva carga, mientras los soldados británicos se dejaban caer exhaustos sobre los parapetos. Sin embargo, distaban mucho de estar a salvo, pues la batalla todavía no había acabado en absoluto. De hecho, no había hecho más que empezar, como muy pronto demostrarían de nuevo los generales zulúes.

 

 

Combate nocturno 

La noche no trajo la calma, como se esperaba. El incendio del hospital iluminaba los alrededores, provocando brillos en las bayonetas y en la mirada de los soldados, que contemplaban una larga columna de humo que se elevaba en el firmamento de la despejada noche. Desde las alturas, los tiradores enemigos parecían haber cesado su fuego, debido a la dificultad de acertar en la oscuridad. Sin embargo, ello no impidió que los guerreros del valle cejasen en su empeño, como pronto comprobaron los hombres que defendían la pared Este, cuando un enorme número de guerreros se lanzó sobre ellos. Los zulúes emergían de la oscuridad como demonios, saltando sobre los parapetos, cubiertos por sus escudos de piel y ensartando con sus lanzas todo aquello que se moviera, de nuevo al grito de “USHUTHU!”

Se entabló un violento cuerpo a cuerpo que obligó a los hombres de Chard a replegarse sobre sus propias líneas, hasta que por fin, con la ayuda de sus camaradas venidos del resto de la línea de defensa, pudieron finalmente rechazar a los zulúes a bayonetazos y empujarlos de nuevo fuera del parapeto, donde los negros guerreros desaparecieron tan misteriosamente como habían aparecido. Sorprendidos y agotados, los hombres del muro de cajas no bajaron a pesar de todo la guardia, sabedores de que si perdían la batalla todos morirían sin remisión, como les había pasado a sus camaradas de Isandlwana la tarde anterior.

Los ataques se repitieron hasta bien pasada la media noche, con ataques fugaces a intervalos. Los guerreros salían de la oscuridad, acuchillaban y trataban de asaltar la línea, y luego se retiraban, adentrándose de nuevo en la negrura de la noche. Siempre eran respondidos con la misma moneda: una serie de descargas de fusilería y un sólido muro de parapetos y valientes defensores que no les permitirían penetrar en la misión. Sólo la llegada del alba, a eso de las 5 de la mañana, trajo un respiro de tranquilidad a las exhaustas casacas rojas. Sin embargo, Chard, desconfiado, no les dio ese respiro, y envió a una patrulla a investigar los movimientos del impi, amén de recoger las armas de los caídos, mientras el resto de la guarnición se dedicaba a apilar sacos para reforzar el parapeto allí donde se hubiera caído, y en general reforzaban febrilmente las defensas. Exactamente a las 08:15 se oyeron vítores cuando el Mayor Russel, del 12º de Lanceros, llegaba con la avanzadilla de las fuerzas de Lord Chelmsford, y comunicaba a los agotados defensores que los zulúes se habían retirado. La posición estaba salvada, y la Compañía B del 2º Batallón del 24 Regimiento había entrado en la leyenda.

 

Las Consecuencias

Cuando las tropas de Lord Chelmsford llegaron al vado, los agotados hombres del 24º Rgto. pudieron por fin respirar tranquilos. La posición había sobrevivido, y sus valientes defensores se habían abierto un hueco, por derecho propio, en los anales de la historia militar británica. En total, se concedieron 11 Cruces Victoria, así como 4 Medallas de Conducta Distinguida, de entre los 139 hombres que mantuvieron la posición. Hubo 27 bajas, en comparación con los 351 cadáveres que dejaron los zulúes en el campo. No obstante, muchos guerreros fueron heridos de gravedad, y morirían posteriormente como consecuencia de los impactos sufridos en Rorke´s Drift. Se calcula que en total morirían unos 500 zulúes, de los 4.000 que entraron en batalla.

La acción de Rorke´s Drift, aunque escasa en importancia estratégica a nivel de conjunto, supuso no obstante el freno en seco de los hombres de Dabulamanzi Ka Mpande, quienes de haber penetrado en Natal habrían podido asolar la región, pues lo único que hubieran tenido enfrente hubieran sido unidades del NNC de la Columna de Durnford y pequeñas unidades de caballería, que no hubieran supuesto obstáculo alguno a los 4.000 guerreros de la reserva zulú. Aunque según los planes de Cetshwayo de una estrategia defensiva nunca hubieran debido penetrar en territorio británico, lo cierto es que si analizamos la actitud de Ka Mpande, la larga distancia con respecto a su rey y la agresividad de sus guerreros les habría llevado a cruzar el río Búfalo y a atacar las poblaciones blancas de la zona, lo que hubiera originado, sin lugar a dudas, una masacre. Por otra parte, el resto de los hombres de Chelmsford, habrían podido hacer poco o nada por evitarlo, aunque lo hubiesen intentado, dada la baja moral que reinaba en la columna. No sólo eso, sino que la retirada a través de una ruta insegura, sin suministros, y con la impresión que les había quedado tras pasar la noche en Isandlwana, entre sus camaradas caídos, habían destrozado los nervios de todos en la Columna. Tanto es así que ambas fuerzas se cruzaron a la vuelta de Rorke´s Drift y ambas rechazaron iniciar acción hostil alguna. Es por ello que la tenaz resistencia de Chard y Bromhead salvó cientos, tal vez miles, de vidas, cumpliendo así ambos el mayor honor de un buen militar, con el correspondiente espíritu de sacrificio no sólo de ambos, sino de todos los hombres que, aquél día de enero, se convirtieron en héroes para su patria.

 

Condecoraciones otorgadas a los defensores de Rorke's Drift

 

Teniente G. Bromhead                        Teniente R. M. Chard

 

24º Regimiento (2nd Warwickshire)

Teniente G. Bromhead…………………………………Cruz Victoria

Sargento Abanderado F. Bourne, número 2.459...…Medalla de Conducta Distinguida

Cabo W. Allan, número 1.240…………….................Cruz Victoria

Soldado W. Jones, número 593……………………….Cruz Victoria

Soldado R. Jones, número 716………………………..Cruz Victoria

Soldado F. Hitch, número 1.362………………………Cruz Victoria

Soldado A. H. Hook, número 1.373…………………..Cruz Victoria

Soldado J. Williams, número 1.393…………………..Cruz Victoria

Soldado W. Roy, número 1.542……………………….Medalla de Conducta Distinguida

 

Ingenieros Reales

Teniente R. M. Chard……………………………………Cruz Victoria

 

Cuerpo de Hospitales del Ejército

Cirujano Jefe J. H. Reynolds…………………………...Cruz Victoria

Cabo 2º F. Attwood, número 24.692…………………..Medalla de Conducta Distinguida

 

Artillería Real a Caballo

Artillero J. Cantwell, número 2.076……………………Medalla de Conducta Distinguida

 

Departamento de Transportes del Ejército

Asistente del Comisario J. L. Dalton…………………..Cruz Victoria

 

Contingente de Nativos de Natal (NNC)

Cabo F. C. Schiess………………………………………..Cruz Victoria

 

A continuación el recorte de periódico en el que aparecen detalles relativos a la batalla:

 

Artículo por: Raúl Matarranz , Adaptación web por: Juan Quintana, prohibida su reproducción sin permiso expreso del autor.

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