Saratoga, 1.776: El punto de inflexión

Artículo por: Raúl Matarranz (Colaborador)

Originalmente publicado por el autor en la revista: Wargames, soldados y estrategia

Cuando el Congreso Continental de los recién creados Estados Unidos de Norteamérica inició la cruzada por su propia libertad, sus componentes sabían que si no conseguían apoyo exterior, su esfuerzo por lograr su independencia fracasaría más tarde o más temprano. Era necesario demostrar al mundo que esta joven nación era digna merecedora de dicha ayuda y que tenía verdaderas posibilidades de éxito. Para ello, primero tendría que obtener una victoria importante sobre las fuerzas realistas de Su Majestad Jorge III.

 

Desde que el 4 de julio de 1.776 las Trece Colonias proclamaran su independencia en contra de la Corona, Su Majestad el Rey Jorge III se había visto arrastrado a una costosa guerra en la lejana América del Norte para la cual su país no estaba preparado. Desde luego, no era el mejor momento. La dura Guerra de los Siete Años, aunque triunfal, había salido cara para los ingleses, acostumbrados a ejércitos pequeños y profesionales. El reclutamiento masivo que hubo que realizar se hizo a expensas de endeudar a la nación, y los frutos de la victoria, aunque muy rentables a largo plazo, no sufragaban los costos en el futuro inmediato. Las ya de por si escasas unidades que se ocupaban de mantener la ley británica se encontraron con que ahora debían cubrir el doble de territorio, con una población que no siempre admitió de buen grado el cambio de nacionalidad, y sin un conocimiento adecuado de las nuevas zonas asignadas a controlar. Esto generó problemas desde el principio, no sólo con los colonos, sino también con los indios. “La ley del Rey Jorge llega sólo hasta donde llegan sus mosquetes”, era un dicho de los oportunistas y maleantes de la frontera. Y los mosquetes del Rey no llegaban demasiado lejos.

Tras las primeras derrotas del ejército inglés a manos de los rebeldes, la situación se agravaba por momentos. El hecho de que tropas metropolitanas fueran rechazadas por milicias de granjeros exasperaba al Rey, que veía además cómo con cada victoria se aumentaba la insurrección. Si las cosas continuaban a este ritmo, las colonias obtendrían su independencia, e Inglaterra quedaría humillada. Era inadmisible.

Se planeó entonces una campaña que restableciera la autoridad del Rey y el mermado prestigio británico. Sería una campaña de verano, aprovechando el buen tiempo, que haría descender al ejército primero por el Lago Champlain y luego a lo largo del Río Hudson, rompiendo las fuerzas y la moral de los insurgentes en su avance. Si tenía éxito, la captura de Albany y la ruptura del frente rebelde terminaría con gran parte del conflicto. Fue puesto al mando de la operación el que fuera su artífice, el Teniente General John Burgoyne.

 

Buscando la libertad

El Ejército Continental de los Estados Unidos de América no era ni con mucho igual a su homólogo británico. Cuando las 13 Colonias proclamaron su independencia, se formó una amalgama de regimientos, compuestos en su mayoría por unidades de milicia, voluntarios con poca o ninguna experiencia militar, que apenas sí sabían formar. El modo de vida rural de gran parte de la población, y los riesgos de la frontera, hacían que para gran parte de estos hombres, no obstante, el uso del mosquete no fuera totalmente desconocido. La ausencia de una defensa efectiva de los territorios por parte de las unidades regulares de la Corona, así como los innumerables peligros que acechaban a estas gentes de la zona rural, tales como los indios, hacían que hubiera expertos exploradores y tiradores, ideales para las tareas de hostigación. A ello se le unía una gran cantidad de hombres que habían servido durante la Guerra de los Siete Años y que sí habían adquirido experiencia en combate, generando una heterogénea composición de las unidades que se crearon.

Los generales americanos pronto sufrieron en sangre el cometer el error de entablar batalla con sus homólogos ingleses en campo abierto y del modo tradicional, sufriendo gran cantidad de bajas. No obstante, la constancia de estos hombres y la de quienes estaban a su cargo hizo finalmente mella y poco a poco lograron alcanzar victorias sobre sus enemigos. De hecho, para cuando se inició la campaña de Saratoga, el propio ejército de George Washington había derrotado a Sir William Howe en las batallas de Trenton y de Princeton, y se había logrado abortar otra ofensiva lanzada a través del mismo Lago Champlain que Sir Guido Carleton, Gobernador General de Canadá, había tratado de llevar a cabo, siendo derrotado en una batalla naval. Victorias estas que demostraban cómo el tiempo jugaba a favor de la causa de los insurgentes, que adquirirían experiencia y confianza a cada nuevo logro. Para los británicos, esto supuso la necesidad de un cambio de estrategia para cortar de raíz el problema e impedir que se extendiera.

El mando americano encargado de esta nueva misión durante la campaña de Saratoga estuvo a cargo del General Horatio Gates, un hombre nacido en Inglaterra. Era un hombre inteligente y capaz, y había servido en el ejército británico, en América, hasta que se fue a vivir a Virginia. Junto a él, el General Benedict Arnold, un hombre audaz y muy valiente, y el Coronel Daniel Morgan, que mandaba una unidad de tiradores de elite, ardían en deseos de entablar combate. Los hombres de Morgan, en especial, habían sido equipados con el magnífico mosquete Pennsylvania, y se esperaba que esto les diera una importante ventaja en la batalla. Hasta 500 de estos hombres se unieron a los 7.000 ya disponibles, y a los 22 cañones que esperaban la acometida británica, dispuestos a frenarla en seco.

 

 

En defensa del Rey Jorge

Tras la Guerra de los Siete Años, el enorme gasto que suponía el incremento que se había realizado del ejército británico era algo que la Corona ya no podía continuar asumiendo. Los inmensos costes de semejantes fuerzas armadas, unido al hecho del fin de la propia guerra, propiciaban un proceso de desmilitarización y licenciamiento de las tropas. No obstante, y con un imperio colonial en continua expansión, se trató de limitar sólo en parte este proceso. Entre las medidas a tomar, se vio con buenos ojos la reducción de efectivos de las distintas unidades y el asignar los costos de las tropas de ultramar a los colonos del Nuevo Mundo. Así, se redujo el número de batallones por regimiento y los hombres que los componían, eliminando así en parte su efectividad de combate. Con todo, su superioridad en disciplina y potencia de fuego con respecto a los insurgentes no tenía comparativa, dominando el campo de batalla siempre que se luchara “a la europea”.

El arma de que estaba dotado el infante británico era el llamado mosquete Brown Bess, un arma de gran calibre, pero de escaso alcance, muy de la época, que fomentaba en los oficiales la teoría de que, a menos que fuera posible el tiro contra formaciones enemigas cerradas y en campo abierto, se debía desalojar al adversario mediante cargas a la bayoneta. Junto al Brown Bess, la Artillería Real utilizaba cañones de 3 y 6 libras, o de 12 y hasta 24 para asediar fuertes.

El ejército inglés de la campaña de Saratoga estuvo mandado por el Teniente General John Burgoyne, un veterano soldado que había logrado gran fama por su heroico asalto a una ciudadela enemiga durante la Guerra de los Siete Años. Hombre de recursos y buen estratega, por desgracia su experiencia estaba marcada por el estilo de lucha europeo, tan poco efectivo en los densos bosques de Nueva Inglaterra. Dicha experiencia le impidió adaptarse a las circunstancias y a la campaña de hostigación de los rebeldes. A su mando quedaron para la ofensiva 6 brigadas de infantería regular británica, a cargo del general Fraser, a las que se unieron mercenarios alemanes, bajo el mando del general Von Riedesel, así como 250 voluntarios canadienses y norteamericanos fieles a la Corona, y casi medio centenar de indios. Unos 8.000 hombres y 138 cañones fueron puestos a sus órdenes para la campaña, seguidos por 220 carros de suministro, que formaban una larga cola detrás de las unidades regulares.

El plan de Burgoyne era simple. Mientras él, con el grueso del ejército, cruzaba el Lago Champlain y después seguía a lo largo del Río Hudson, el Teniente Coronel Barry St. Leger descendería coordinadamente desde el Lago Ontario, para continuar ruta por el valle del Río Mohawk, envolviendo así a los insurgentes entre dos fuerzas, y cayendo después sobre Albany, importante foco de la resistencia norteamericana. Una tercera columna, procedente del Ejército del General Howe, al mando de Sir Henry Clinton, ascendería desde Nueva York hacia el Norte, convergiendo con las otras dos fuerzas, y cerrando así la pinza sobre los rebeldes. El plan era totalmente seguro, puesto que impedía que los insurgentes escaparan de la bien planeada trampa británica. Con esta idea, Burgoyne dio orden de iniciar las operaciones.

 

Avanzando hacia el enemigo

La ofensiva inglesa se inició el 21 de junio de 1.777, cuando Burgoyne zarpó con sus hombres en 200 barcos de fondo plano para atravesar el Lago Champlain y atacar el Fuerte Tyconderoga. Allí, 3.000 soldados del Ejército Continental de los recién constituidos Estados Unidos de América les esperaban, en teoría como primera línea de defensa. Sin embargo, los mandos insurgentes habían bajado la guardia después de las fallidas campañas anteriores, y los hombres de la guarnición prefirieron evitar el enfrentamiento. Aprovechando la poca maniobrabilidad de la columna anfibia británica, los americanos evacuaron la posición en dos grupos, cada uno de ellos con rumbos diferentes. Parte huyó a bordo de los barcos que allí se encontraban, y el resto se retiró por tierra hacia el Sur, reuniéndose al cabo de 65 kilómetros con las tropas de Schuyler, para alertarle y agrupar fuerzas.

Burgoyne decidió actuar con rapidez y romper dicha concentración enemiga, enviando a Fraser con una columna para aplastar a los rebeldes. El 7 de julio, en Hubbardton, atacó la retaguardia enemiga y logró hacer gran cantidad de prisioneros, mientras los americanos se retiraban con fuertes bajas en el duro combate que tuvo lugar. Con respecto a los barcos enemigos, Burgoyne no tenía intención de dejarles escapar, de modo que procedió a perseguirlos también. Tyconderoga quedó bajo el control de dos regimientos regulares ingleses, y el resto de la fuerza inició la marcha, alcanzando al enemigo en Skenesborough y capturando gran cantidad de material, incluidos los cañones de los rebeldes. El plan había salido bien, y por ahora, la ofensiva estaba siendo todo un éxito. Sólo quedaba explotarlo.

El objetivo de la ofensiva siempre había sido Albany, a casi 100 kilómetros de distancia. Dado que el foco y el espíritu principal de la resistencia era Nueva Inglaterra, la caída de Albany supondría un importante golpe moral para los insurgentes, y sería, además de ese golpe de efecto, una demoledora división de las fuerzas enemigas, aislando así a unas de otras. Por este motivo, los realistas reanudaron la marcha, seguidos por el largo tren de carromatos de suministro de más de 200 carretas, descubriendo demasiado tarde que no era suficiente abastecimiento para alcanzar el objetivo. Hombre de recursos, Burgoyne no se amilanó, y trató de asaltar los depósitos enemigos y abastecerse de ellos. Por desgracia, sus fuerzas fueron incapaces de tomar Bennington, en Vermont, y la ofensiva se detuvo fatalmente.

Los planes de Burgoyne se habían truncado. Para colmo de males, sus dos supuestas columnas de apoyo, la del Mohawk y la del Sur, habían sido rechazadas. St. Leger había empezado también a buen ritmo y había avanzado a lo largo del Mohawk al frente de unos 1.500 hombres, pero su progreso se detuvo en seco a las puertas de Fort Stanwix. Confesándose incapaz de vencer la posición, St. Leger se dio por vencido y volvió sobre sus pasos, abandonando así a Burgoyne en una comprometida situación. En lo que se refiere a los hombres de Howe, el esfuerzo fue aún menor. Considerando que Burgoyne se bastaría para aplastar a los rebeldes sin ayuda, Howe sólo había destacado un pequeño grupo para que Clinton apoyara la campaña, puesto que estaba más interesado en sus propios éxitos en Pensilvania. Así pues, Clinton apenas hizo progresos productivos para ayudar a Burgoyne, y esperó a que se le enviaran refuerzos. Por desgracia para la columna principal, Howe no estaría en condiciones de moverse en su ayuda antes del invierno, y para entonces sería ya demasiado tarde. La suerte estaba echada.

 

Solos contra el destino

Para Burgoyne, la situación había adquirido una gran dosis de gravedad. Aunque no fuera desesperada, lo cierto es que ahora se enfrentaba, en solitario, a todo el ejército de los insurgentes en la zona de Nueva Inglaterra. Hasta 7.000 hombres había podido reunir el General Horatio Gates, al mando de los rebeldes, apoyados por 22 cañones. No sólo eso, sino que además contaba con la ventaja de la posición. Mientras que Burgoyne se había adentrado, aventurándose mucho, seguro de su victoria, las fuerzas de Gates se habían ido juntando, aprovechando los mejores recursos y suministros y el conocimiento del terreno, mientras que los soldados ingleses, después de su fracaso en Vermont, se encontraban hambrientos y cansados, en un área hostil y con una línea de retirada no del todo segura. Era una gran oportunidad. El General George Washington así lo sabía, y había enviado para apoyar a Gates, tan pronto como supo de la invasión, a un grupo de élite, 500 tiradores expertos, entrenados en tácticas de hostigación, que quedaron al mando del Coronel Daniel Morgan.

Por su parte Burgoyne, haciendo gala de una buena habilidad como comandante, se las arregló para recibir suministros, apoyados por algunas unidades alemanas que reforzaron su fuerza. El hecho de conseguir esos suministros levantó la moral de los hombres y la de sus jefes, y el general inglés decidió arriesgar el todo por el todo y reanudar el avance. Si lo conseguía, y derrotaba a los americanos, la campaña habría merecido la pena y se convertiría de una mediocre operación en la ofensiva que habría salvado la tierra del Rey. Pero, ¿y si fracasaba? Esta no era una opción viable. Si se adentraba más en territorio enemigo, una derrota supondría no sólo el fin de la campaña, sino también el fin de su ejército, pues los insurgentes lo tendrían fácil para romper su retirada y cortar de nuevo el suministro. Era necesaria la victoria.

El 13 de septiembre, el ejército inglés reanudó su avance. El objetivo seguía siendo Albany, en ese sentido la campaña no había cambiado. El Río Hudson fue vadeado mediante un puente de pontones a la altura de Saratoga, y las tropas se agruparon al otro lado de la ribera. Los exploradores traían noticias en ocasiones contradictorias, lo que no contribuyó a favorecer el avance de las casacas rojas. La realidad era que los americanos, después de analizar la situación, habían decidido buscar la batalla en un terreno de su elección, y esperaban a las tropas realistas en las llamadas Colinas de Bemis, donde Gates ocupaba el puesto del ahora reemplazado general Schuyler.

El amanecer del día 19 de septiembre se encontró con una espesa niebla en el valle del Río Hudson. Los oficiales del ejército británico se reunieron con su general, mientras los hombres procedían a levantar el campamento y se disponían a reiniciar la sufrida marcha hacia Albany. A la sombra de su tienda de campaña, y alumbrados las siempre bailantes lámparas, que generaban fantasmas entre las sombras de la lona, los mandos británicos prepararon el orden de marcha. Burgoyne dispuso a sus fuerzas en tres columnas paralelas, de modo que cada una de ellas siempre tuviera, cuando menos, uno de los flancos cubiertos por sus camaradas de la formación de al lado, que además apoyaría en caso de enfrentamiento. Así pues, el mando de uno de los flancos recayó en el general Fraser, quien dispondría de unos 2.500 hombres, en su mayoría de la infantería regular. En el otro extremo de la formación, las compañías alemanas, apoyadas por la artillería, cubrirían el lado del río, bajo el mando del Barón Von Riedesel, mientras que el propio Burgoyne asumiría el mando de la columna central con el resto de las tropas de infantería de línea.

 

La batalla de la Granja Freeman

La columna central avanzaba por un claro del bosque, en los aledaños de una granja, llamada Granja Freeman, cuando fueron atacados. La vanguardia de la columna se retiró para reunirse con el resto de la infantería inglesa, perseguida de cerca por los insurgentes. Eran estos los 500 tiradores del Coronel Daniel Morgan, una unidad de elite despachada por el propio George Washington, y que se había adelantado al resto de las tropas de Gates en misión de reconocimiento. Burgoyne estableció inmediatamente su cuartel general en la propia Granja Freeman y formó a sus hombres, desconocedor aún de la fuerza del enemigo, y preparándose para un enfrentamiento “a la europea”. Eran aproximadamente las 11:00 de la mañana cuando los imprudentes soldados de Morgan volvían a la cobertura de los árboles, dispersados por el fuego de batallón de la infantería regular británica. El sufrido coronel intentó una maniobra de flanqueo contra la posición inglesa, pero la estrategia de Burgoyne de las columnas paralelas daba sus frutos y los insurgentes fueron rechazados de nuevo, esta vez por las tropas de Fraser, que también procedieron a desplegarse. Mucho más cautas a la vista de los resultados, las tropas de Morgan se parapetaron en los árboles y comenzó un fuego de fusilería sobre las unidades desplegadas en el claro de la granja, donde la formación cerrada de los batallones de infantería regular empezó a pasar factura. Los hombres eran abatidos con facilidad en sus posiciones, sin que los tiradores americanos tuvieran apenas que apuntar para causar bajas. La llegada de unidades de la milicia de New Hampshire incitó a Morgan a preparar otra carga, mientras los heridos ingleses eran atendidos en los cobertizos de la granja, en el centro de la línea británica. Cuatro cañones y tres regimientos de infantería de línea de Su Majestad cubrían la desguarnecida posición, mientras que el 9º de infantería actuaba como reserva y mantenía cohesión entre la posición de Burgoyne y la de Fraser. Los hombres de la milicia se lanzaron a la carga contra las casacas rojas, pero fueron rechazados por el fuego del 20º y del 62º regimientos de regulares, mientras que el 21º continuaba acumulando bajas por el fuego graneado de los tiradores. Fracasado el ataque de los rebeldes, Morgan ordenó disparar a los oficiales enemigos, creando más confusión en las formadas unidades de infantería, que aún así rechazaron otra serie de cargas de los milicianos americanos. Las bajas en los tres regimientos ingleses alcanzaron cifras espantosas, y sólo el apoyo de los cuatro cañones apostados junto a la granja había detenido los ataques enemigos, pero la situación era crítica. Burgoyne comprobó que sus unidades estaban cercanas al colapso, y para colmo de males, los americanos se reagrupaban, preparándose para lanzar otra carga. El campo estaba sembrado de casacas rojas, que apenas ocultaban la sangre que brotaba de los cuerpos y que se mezclaba con la tierra de lo que antes fueron cultivos. Haciendo acopio de valor, ordenó a sus hombres prepararse para resistir hasta el final, pero sabiendo que no serían capaces de rechazar una sexta carga.

Los americanos por su parte no se hicieron de rogar, y la sufrida milicia lanzó su nueva y sangrienta carga, apoyados por el fuego de los tiradores de elite, y con la fuerza del que sabe que está a punto de desmoronar al enemigo. Saliendo de sus posiciones, se lanzaron al claro y avanzaron bajo las descargas cerradas de fusilería, buscando el enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Fue entonces cuando las tropas de Von Riedesel, con los soldados Brünswick a la cabeza, que llevaban esperando dos años desde que los desembarcaron en América para combatir, cayeron sobre el flanco de los rebeldes, abortando su carga y provocando la retirada a través del bosque. El milagro se llamaba Brünswick, y el héroe del día, Von Riedesel. Sin embargo, había salido demasiado caro. Los cuerpos del 20º de infantería alfombraban el claro y se mezclaban con los del 21º y el 62º, dejando manchas rojas por toda la zona. Las bajas habían sido inmensas, y los tres regimientos habían quedado prácticamente fuera de combate. El hecho de haber presentado batalla en el claro, desplegados en formación cerrada, había provocado que los tiradores americanos hicieran estragos en las filas. Las fuerzas de Burgoyne nunca se recuperarían de esta batalla.

 

Lucha por los reductos

Ahora el plan de Burgoyne estaba al borde del colapso. Los heridos se acumulaban a su alrededor, y sólo quedaban víveres para resistir un mes. El avance en estas condiciones se hacía imposible, por lo que el general inglés, tras reunirse con sus propios mandos, Von Riedesel y Fraser, optó por fortificar su posición, con la esperanza de que Clinton y las fuerzas de Howe, desde Pennsylvania, forzaran la marcha o, al menos, provocaran un ataque lo suficientemente fuerte como para desviar algunas de las tropas rebeldes hacia el Sur y liberar así algo de presión. Así pues, se edificó un entramado con tres fortificaciones, a saber, el Gran Reducto, Breyman y Balcarres, y los ingleses se prepararon para una larga espera.

Howe, por su parte, no estaba en mejores condiciones que al inicio de la campaña, de modo que la situación de los defensores fue empeorando. Hacia primeros de octubre la situación se tornaba crítica, y Burgoyne comenzó a prepararse para la lenta e inevitable retirada. 1.500 hombres y 10 cañones partieron a explorar una posible ruta de evacuación y para confirmar la posición del enemigo. Este, por su parte, también comenzó a moverse. Gates había decidido cambiar de estrategia y provocar la batalla antes de que los realistas pudieran salvar el ejército. Se planeó una maniobra de flanqueo, encabezada por Daniel Morgan y sus tiradores, así como la infantería ligera, y, finalmente, dos brigadas de la milicia. Al mismo tiempo, el plan de Gates incluía otro ataque coordinado contra el flanco izquierdo enemigo, que unido al primero de Morgan, haría girar el frente inglés, permitiendo que el ataque principal, a cargo del general Learned, rompiera las defensas realistas, aplastando así su resistencia.

En el mismo escenario del anterior enfrentamiento, la Granja Freeman, los cañones comenzaron a tronar. Ahora el claro estaba fortificado, por lo que los ingleses pudieron hacer un fuego concentrado que salió caro a los rebeldes. No obstante, estos eran demasiados. Con el general Benedict Arnold a la cabeza, que resultó herido durante el asalto, cientos de hombres surgieron del bosque y obligaron a las unidades inglesas a replegarse, una tras otra, hasta la protección del Reducto Balcarres, mientras que los alemanes apoyaban desde el Breyman. Por la retaguardia, tras rodear la colina, los hombres de Morgan hacían estragos entre los británicos, cogidos ahora desde dos lados.

El momento crítico de la batalla llegó cuando Learned asaltó el centro de Burgoyne, terminando de colapsar la resistencia inglesa. El plan estaba saliendo exactamente como lo habían diseñado los generales insurgentes, como si de un manual se tratara. Los alemanes cedieron a la presión de los rebeldes, y ni Von Riedesel ni Fraser pudieron evitar ya la desbandada. El propio Fraser resultó muerto cuando fue abatido por un tirador de los hombres de Morgan. Los ingleses se retiraron al Gran Reducto y, al amparo de la oscuridad de la noche, trataron de retirarse de nuevo por el puente de pontones que habían construido en Saratoga, a través del río, y llegar a Fuerte Tyconderoga. Era una esperanza vacía. Previendo esta maniobra, los rebeldes se habían adelantado, y sus baterías abrían fuego desde el otro lado de la ribera. Ahora ya no había salida ni escapatoria posible para escapar de la trampa americana.

 

Una campaña fallida

600 hombres alfombraban el campo de batalla, y cientos más estaban heridos. Toda esperanza de victoria se había desvanecido. En estas condiciones, Burgoyne decidió que no tenía sentido continuar la lucha y buscó los términos de la rendición. Esta segunda batalla les había costado a los americanos únicamente unos 200 muertos. Un generoso acuerdo autorizó a los ingleses a volver a Inglaterra a condición de que nunca volvieran a poner pie en América, pero cuando los soldados se hacían la falsa ilusión de prepararse para regresar a casa, fueron hechos prisioneros, al revocar el Congreso el tratado. No estaban dispuestos a correr el riesgo de que la Corona no aceptara el acuerdo, y se adelantaron a romperlo, lo que ocasionó la indignación tanto de amigos como enemigos. Hubo un duro trato de la Cámara por parte de la prensa, que hizo ver el suceso como un insulto a los ideales por los que en teoría se luchaba. A pesar de ello, el Congreso Continental fue inflexible y retuvo a los hombres, en una actuación que “fue casi similar a disparar contra una bandera blanca de parlamento”, como se dijo en repetidas ocasiones.

Las consecuencias de Saratoga, al margen de las evidentes de una derrota militar, supusieron una serie de resultados a nivel político y estratégico. Por un lado, los británicos perdieron la iniciativa en la guerra, y por otro, un atisbo de esperanza de victoria se abrió para los colonos americanos. La iniciativa pasó ahora a una situación ambigua, según uno u otro bando lanzaba sus propias ofensivas, y la moral nacional americana salió excepcionalmente reforzada. Para los ingleses, por su parte, empezó a quedarles clara la posibilidad de la independencia de las colonias, que ahora parecían directas hacia el camino del éxito. Esto generó malestar no sólo a nivel político o en los altos generales, sino también al soldado de a pie, que comenzó a plantearse la inutilidad de su sacrificio en una tierra que, después de todo, iba a ser independiente.

En el plano político, las gestiones con una Francia deseosa de venganza por la derrota de la Guerra de los Siete Años comenzaron a cristalizar, y pronto se firmaría un tratado de alianza militar que llevaría a la guerra con Inglaterra en marzo de 1.778, a la que se unirían posteriormente España y los Países Bajos. Poco después, las primeras unidades militares, más simbólicas que otra cosa, pero de gran efecto para la moral de los independentistas, llegaron al continente, aumentando en número a medida que avanzaban los meses. Norteamérica dejaba de estar sola en su largo camino de búsqueda hacia la libertad.

 

Artículo por: Raúl Matarranz , Adaptación web por: Juan Quintana, prohibida su reproducción sin permiso expreso del autor.

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