Arenas sangrientas: La Batalla de Iwo Jima

Artículo por: Raúl Matarranz (Coordinador de actividades

Artículo publicado originalmente por el autor en la revista: Wargames, soldados y estrategia.

“Entre los marines que combatieron en Iwo Jima, el valor fuera de lo común fue una virtud común”. Con estas palabras, Chester Nimitz, CINPAC de la Flota del Pacífico, rendía tributo a los hombres que lucharon en la más sangrienta de las batallas de una institución que se abriría paso hasta la leyenda: el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos.

            La estrategia que hasta la fecha había seguido el general Mac Arthur con su avance “isla por isla” acabó por terminar con la paciencia del mando norteamericano, que finalmente se inclinó por la doctrina Nimitz de un asalto mucho más directo y rápido hacia el corazón del Imperio del Sol Naciente. Dicho cambio de estrategia pasaba por la toma de las Islas Marianas, donde las Súper Fortalezas Volantes de la 20ª Fuerza Aérea de los Estados Unidos podrían establecer bases desde las que atacar el territorio metropolitano japonés. En cuanto se consideró que las islas eran seguras, la Fuerza Aérea no perdió el tiempo y estableció diversos aeródromos desde los que lanzar sus enormes B-29 sobre el Japón, con el fin de convencerle de la inutilidad de continuar adelante con la guerra. Fue esta una sangrienta campaña de bombardeos desconocida hasta la fecha. En la noche del viernes 9 al 10 de marzo, el 21º Mando de Bombardeo dejó caer sobre Tokio una carga de gasolina gelidificada o napalm, causando la muerte de 83.793 personas e hiriendo a otras 40.918, en una devastación sólo comparable a la de un arma nuclear. Sin embargo, al Mando Aéreo Norteamericano no le salían gratis las incursiones. Sus bombarderos no sólo tenían que recorrer un trayecto de 6 horas de ida y otras 6 de vuelta, si no que sus viajes pasaban por una desagradable montaña sulfurosa que albergaba varios aeródromos desde los que los japoneses podían derribarlos: Iwo Jima. A mitad de camino entre las bases americanas y sus objetivos, la isla servía de estación de alerta temprana, avisando del avance de los bombarderos americanos. A ello se unía la existencia de bases aéreas japonesas en la meseta, que machacaban a los bombarderos en su viaje de vuelta a casa. Para el Mando Aéreo Norteamericano, la isla era vital en la estrategia defensiva japonesa y debía ser tomada. No sólo eso. Si Iwo Jima era capturada, se podría establecer una base desde la que los cazas americanos P-51 podrían escoltar a sus bombarderos y, lo más importante, se podría tener por fin un punto a medio camino en el que aviones dañados no se perderían, y sus tripulaciones serían rescatadas con facilidad. Este hecho en concreto era uno de los grandes sueños de la Fuerza Aérea. El hecho de contar no sólo con una pista de emergencia, si no también con un lugar desde el que poder lanzar hidroaviones PBY Catalina de rescate para las tripulaciones que hubieran de amerizar se convirtió en algo indispensable para salvar la vida en la inmensidad del Océano Pacífico.

 

IWO JIMA

Descubiertas en 1.543 por el capitán español Bernardo de Torres, las islas del Volcán forman parte del Nanpo Shoto, una cadena de afloramientos rocosos que se extiende a lo largo de 750 millas en la dirección del Japón. Esta agrupación es la más oriental de las tres formaciones que constituyen la cadena, siendo los otros dos los del Izu Shoto y el archipiélago de las Bonin, que fueron exploradas por el navegante japonés Sadayori Ogasawara en 1.593.

No sería hasta 1.673 que el inglés Gore desembarcara en la propia Iwo Jima, bautizándola como la “isla del azufre”, debido a las pestilentes nubes que emanaban de la superficie. Tras una breve exploración de la misma, la expedición partió alejándose de lo que juzgaron un islote inhóspito y desagradable. Tuvo que pasar siglo y medio, hasta la década de 1.830, para que un grupo de colonos de distintas nacionalidades se establecieran en Chichi Jima, reclamando la Isla para la Corona Británica. En 1.891, el Japón había extendido su control y su soberanía sobre todo el Nanpo Shoto, iniciando además su colonización a medida que pasaban a ser controladas las islas, y para 1.941 vivían en Iwo Jima 1.091 personas, agrupadas en las aldeas de Nishi, Kita y Minami, además de la capital, Motoyama.

La isla mide algo más de 8 kilómetros en su parte más alargada, en un eje de Nordeste a Sudeste, y ensanchándose hasta los 4 kilómetros y medio en la parte Norte, siendo la del Sur la más estrecha con unos 900 metros de media. En total se conforma una superficie de 20 km cuadrados, siendo la parte más alta de la isla un volcán inactivo que está en la zona más al Sur de la misma, denominado Monte Suribachi, desde el cuál se extienden a distintos niveles varias playas. Sería esta la zona elegida para el desembarco de los “marines”.

Las mesetas que hay desde el centro de la isla hacia el Norte las hacían ideales para establecer bases aéreas. Ello, unido a que el resto de Iwo Jima es un infernal conjunto de estrechas gargantas y afilados riscos, convertían a la isla en un lugar ideal para fortificar y defender. Como la zona más septentrional es un conjunto de rocas y acantilados, ello imposibilitaba cualquier desembarco en ella, por lo que se establecieron los últimos reductos de resistencia allí. El variable clima sería una de las peores sorpresas de los “marines”, acostumbrados al calor de Boungaville o de Guadalcanal y Nueva Guinea, pues las temperaturas en la época del año en que se llevó a cabo la invasión oscilaban entre los 17º y los 21º, siendo las precipitaciones anuales de unos 150 centímetros cúbicos. Ello unido a la pobreza del suelo hacía que toda la superficie estuviera cubierta sólo de hierbajos y árboles raquíticos, confiriendo a la isla un aspecto enfermizo y deprimente.

 

UN BILLETE HACIA EL INFIERNO: EL DESEMBARCO

El lunes 19 de febrero amaneció un día brillante y soleado, con algunas nubes dispersas y una ligera brisa marina que hacía ondear con fuerza las banderas de los buques de guerra, levantando olas que se estrellaban una y otra vez contra la proa de los grandes acorazados. A bordo de la flota, los nerviosos “marines” llevaban a cabo su tradicional desayuno antes de un desembarco, a base de huevos y filetes. Era esta una tradición que se basaba en una función práctica: probablemente sería la última comida decente que harían los hombres en días. Merecía la pena no perdérsela.

Coordinando la operación desde su propio buque insignia, el “loco aullador” Smith, el Comandante en Jefe de la operación, ordenó al almirante Turner, quien había estado estudiando la costa desde la cubierta la noche anterior vestido con su habitual albornoz, que se iniciara la operación. Eran las 06:30 horas.

La Task Force 58 abrió el fuego mientras las lanchas iniciaban su andadura a través de las columnas de espuma blanca que salpicaban las rampas de desembarco, ahora subidas. 7 acorazados, 4 cruceros pesados, 3 ligeros y la flotilla de destructores machacaron las posiciones japonesas con cañones de 16, 14 y 8 pulgadas, que caían ante los ojos de los “marines” tratando de facilitarles el asalto. La enorme sacudida de los cañones zarandeaba las lanchas más próximas, mientras en las de vanguardia, los hombres rezaban sus últimas oraciones antes de saltar hacia lo desconocido, recuperándose todavía del intenso olor a diesel de las LST desde las que habían subido a las amtracs. 9 cañoneras con cohetes se acercaron a la costa y lanzaron un infierno de fuego, desencadenando llamaradas que se unieron a las explosiones de napalm que lanzaron los bombarderos de Marc Mistcher.

El plan de asalto dividía la zona de desembarco en 4 sectores. El primero de ellos, la “Playa Verde”, quedaba justo al pie del Monte Suribachi, y sería el área de desembarco del 28º regimiento, con los batallones 1º y 2º como primera oleada y el 3º batallón y el 26º regimiento como reserva y apoyo posterior, respectivamente. El objetivo de esta fuerza, en especial del 28º, era cortar el istmo de tierra que unía el Monte Suribachi con el resto de Iwo Jima, para después girarse y caer sobre el propio volcán. La “Playa Roja”, dividida en Rojo 1 y Rojo 2, sería atacada por el 2º batallón del 27º regimiento en el primer “Rojo” y por el 1/27º en el segundo, actuando el 3º batallón como reserva. Por su parte, también dividida en dos partes, la “Playa Amarilla” sería asunto del 23º regimiento, con el 3º batallón también como reserva. El último sector, la “Playa Azul”, que llegaba justo hasta el pie de una zona elevada conocida como “la Cantera”, sería atacada por el 25º, tomando las zonas altas inmediatamente adyacentes y protegiendo así el resto de la zona de desembarco de posibles contraataques enemigos. Esto era fundamental, pues se temía que según se pusiera pie en tierra, los japoneses lanzaran su habitual carga “banzai”, un ataque masivo que se realizaba con la esperanza de rechazar el desembarco.

El plan era sencillo sobre el papel. Sin embargo, por desgracia para los “marines”, ni se había estudiado el terreno adecuadamente ni el Comandante en Jefe Japonés, el General Kuribayashi iba a lanzar ninguna carga suicida contra las posiciones enemigas. Para las 09:00 horas, gran parte de los 68 LVT(A), o tractores anfibios armados con un cañón de 75 mm y 3 ametralladoras, cuya función era dar apoyo de primera línea, estaban atascados en las playas, así como la mayoría de los 6.000 “marines”, que se hundían sin remisión hasta las rodillas en el endeble terreno. Para colmo de males, un terraplén que se extendía a lo largo de la playa obligaba a los hombres a escalar para salir de ella, ralentizándolos aún más. La única buena noticia era que el fuego de artillería japonés era mucho menor de lo que se esperaba. Los más bisoños se hicieron incluso la falsa ilusión de que la Marina había barrido las defensas japonesas. Nada más lejos de la realidad.

A las 10:00, Kuribayashi decidió que se habían acumulado suficientes enemigos en la playa como para provocar una masacre adecuada, y ordenó abrir fuego masivo. Meses de prácticas habían dado a los artilleros japoneses los ángulos y distancias exactas para convertir las ahora atestadas playas en un mortal polígono de tiro, en el cuál barrían las posiciones norteamericanas a placer. Desde “la Cantera”, justo sobre las cabezas de los hombres del 25º, comenzó un fuego de mortero y de ametralladoras a bocajarro que diezmaron la playa, y los hombres del 28º se encontraron con que la elevada posición de las defensas del Monte Suribachi no les dejaba sitio alguno en el que cubrirse. Era necesario salir de allí.

El Coronel Liversedge, comandante en jefe del 28º, ordenó al primer batallón que avanzara para cortar a la guarnición del Suribachi con el resto de la isla cuanto antes. Espoleando a sus hombres, el Teniente Coronel Butterfield lanzó su batallón hacia delante, entablando combate con el 312º batallón independiente de infantería japonés, al mando del Capitán Osada, quien no estaba dispuesto a retroceder ni un centímetro sin una sangrienta lucha. Dejando atrás búnkers y posiciones enemigas, el 1/28º continuó hacia la costa, mientras que el 2/28º al mando del Teniente Coronel Johnson les seguía tratando de limpiar las posiciones japonesas con el apoyo de carros Sherman que llegaron posteriormente a las 11:30. Una hora antes, una patrulla del 1º batallón había logrado alcanzar el mar, aislando así el volcán. En el resto del frente, espoleados por la ansiedad y el deseo de abandonar la playa cuanto antes, las tropas norteamericanas alcanzaron el extremo Sur del aeródromo nº 1 y se cubrieron lo mejor que pudieron.

La situación en las áreas de desembarco alcanzó tal nivel de destrucción y caos que se hizo necesario cerrarlas. Hombres y vehículos saltaban por los aires por doquier, y las lanchas que traían más y más tropas cada vez tenían mayores problemas para maniobrar entre los restos. Los sanitarios hacían cuanto podían, pero sin instalaciones y sin medios, estaban completamente desbordados. Tuvieron que tomar muchas decisiones difíciles, dejando morir a los heridos más graves para así poder atender a aquellos que tenían mas probabilidades de salvar. Finalmente, a las 13:00 horas se decidió cerrar la playa para evitar así enviar a más hombres a una posición en la que solamente estorbarían. No volvió a abrirse hasta dos horas después, cuando los seabees de la Marina lograron descongestionarla un poco.

Entre tanto, el 25º regimiento había iniciado otro ataque contra “la Cantera”, esta vez con el apoyo de carros Sherman, mientras que los hombres de la “Playa Amarilla” presionaban al 10º batallón antitanque independiente y al 309º batallón de infantería, mandados por el Comandante Matsushita y por el Capitán Awatsu, logrando hacerles retroceder a un alto precio en muertos y heridos. Los japoneses se aferraban a cada palmo de terreno, moviéndose a través de sus fortificaciones de una posición a otra, en un largo y sangriento camino que parecía no tener fin.

Para cuando cayó la noche, los extenuados “marines” se encontraron con otra desagradable sorpresa: el frío. Acostumbrados al clima tropical de sus anteriores batallas, los hombres no estaban adecuadamente equipados para soportar las bajas temperaturas que les azotaron esa noche. Mientras que el resto de la flota se había alejado por seguridad, los destructores patrullaban la zona lanzando bengalas en un intento de iluminar posibles contraataques enemigos, así como de proporcionar luz a los hombres que se afanaban en descargar en las playas hasta que finalmente se cerraron de nuevo a las 23:00. Sin embargo, si el día había sido duro, la noche no iba a ser para descansar.

La primera acción vino cuando un grupo de soldados japoneses se infiltró en las playas e hizo volar un depósito de combustible, generando un incendio que se vio no sólo desde toda la isla, si no incluso desde la lejana posición de seguridad de la TF 58. En el extremo del aeródromo nº 1, un ataque del enemigo tuvo que ser rechazado con fuego de fusilería cuando alrededor de 100 japoneses cargaron sobre las posiciones avanzadas de los norteamericanos, insuficientemente defendidas. Finalmente, para acabar la noche, los atónitos hombres de las playas vieron como un grupo de soldados provenientes del Monte Suribachi intentaban asaltar la “Playa Verde” desde una barcaza. Recuperados de la sorpresa, los “marines” pronto barrieron a los atacantes.

A bordo del “Dorado”, el “loco aullador” Smith contempló preocupado la situación, preguntándose por qué los japoneses no habían lanzado su habitual carga “banzai”. La ausencia de dicho ataque implicaba que tendría que luchar por cada centímetro de la isla, en lugar de poder dedicarse a operaciones de limpieza. Aquella prometía ser una larga y amarga lucha.

 

CONSOLIDANDO POSICIONES

El día siguiente al del desembarco amaneció muy distinto del anterior. Bajas temperaturas y un fuerte oleaje zarandeaban violentamente las lanchas y hacían tiritar a los hombres. Las operaciones se reiniciaron a las 08:30 con una ofensiva general contra el Monte Suribachi en la zona Sur y a través del aeródromo nº 1 en el frente Norte. La llegada a la zona del acorazado USS Washington facilitó las cosas, al hundir varias de las galerías subterráneas enemigas gracias a la potencia de los grandes cañones de la batería principal. Después del habitual bombardeo naval, los hombres del 28º regimiento se lanzaron contra las posiciones de los 2.000 hombres del Coronel Atsuchi, pero sólo lograron alcanzar una serie de posiciones desde las que poder preparar un ataque más serio para el día siguiente. Las buenas noticias fueron que algunos hombres de la 5ª División encontraron enterrado un grueso cable de radio y lo cortaron, dejando aisladas también las comunicaciones japonesas en el volcán con el resto de la isla. Atsuchi, por su parte, viendo que sus defensas no aguantarían mucho, había pedido lanzar una masiva carga banzai, pero su sugerencia fue rechazada.

En la zona del aeródromo nº 1, los norteamericanos trataron de estabilizar el frente, haciendo avanzar a los hombres de la costa Oeste hacia el Norte, de modo que se formara una línea recta en vez de la diagonal que trazaban en estos momentos. Utilizando “la Cantera” como eje de giro, se ordenó pivotar el frente hasta alcanzar la horizontalidad en la totalidad de las líneas. Varios carros Sherman, hasta 8, apoyaron un ataque lanzado a través del propio aeródromo nº 1 mientras los camilleros retiraban a los heridos hasta las playas, donde se les embarcaba camino de una LST que, a una milla de distancia, hacía las veces de hospital.

Se embarcó al 21º regimiento para reforzar a las ya machacadas tropas de la isla, pero el fuerte oleaje impidió su desembarco y tuvieron que ser devueltos a las LST después de 6 largas horas de dar vueltas. Mejor suerte tuvo la artillería divisional de los “marines”, que llegó a Iwo Jima a las 17:30 horas, pero que sufrió graves percances al hundirse varios camiones al descender de las lanchas por el fuerte oleaje.

Tras rechazar varios intentos japoneses durante la noche, las 4ª y 5ª Divisiones amanecieron en un día lluvioso. Prometía ser un amargo día. Sin embargo, no fue así. Después de un bombardeo masivo que se inició a las 07:40 horas, los hombres del 26º y 27º regimientos lograron abrir brecha en las defensas enemigas y avanzar con la ayuda de los carros en el flanco izquierdo del frente. En el Monte Suribachi, el 28º regimiento presionó hasta llegar al mismo pie del volcán, y un contraataque japonés lanzado contra el 23º fue rechazado con fuertes bajas para los atacantes. La sorpresa se reservaba para la flota. Así fue que al anochecer sonaron las alarmas y se tocó a zafarrancho de combate: el radar del portaviones Saratoga detectó una oleada de kamikazes japoneses que venían en su dirección. Una fuerte barrera de artillería antiaérea proveniente de las unidades de escolta y en especial del acorazado USS Washington barrió los cielos y a la mayoría de los 50 aparatos japoneses que trataban de estrellarse contra las unidades americanas. Por desgracia, 3 de ellos alcanzaron al Saratoga, obligándole a volver a Pearl Harbour para reparar, y otro se estrelló contra el portaaviones USS Bismarck Sea, que hubo de ser abandonado.

 

A POR EL MONTE SURIBACHI

Bajo una intensa lluvia, al amanecer del día siguiente el 3/28º volvió a la carga, rodeando completamente el Monte Suribachi y tomando posiciones para el último asalto. Sería el 23 de febrero cuando finalmente lograrían ocuparlo. Entretanto, en el aeródromo nº 2, el 145º regimiento del coronel Masuo Ikeda rechazó un ataque del 21º de los “marines”, logrando un coste tan elevado que la compañía F fue retirada del frente cuando sólo había combatido un día. En “la Cantera”, un bombardeo con cohetes hizo salir de sus posiciones a los japoneses, en un vano intento de retirarse. Días de aguantar los bombardeos enemigos por fin dieron su fruto y los soldados norteamericanos ametrallaron a los japoneses a placer, culpándoles de todas sus desgracias. Una vez se aseguró definitivamente la zona, se pudo colocar una LST en la playa como puesto de socorro, a salvo por fin del fuego de enfilada que se había recibido los días pasados desde las alturas.

A las 10:20 del 23 de febrero ondearon por fin las barras y estrellas en la cima del Monte Suribachi, cuando una patrulla al mando del Teniente Schrier izó la bandera a pesar de la resistencia japonesa, que trató por todos los medios de impedirlo. Todo fue en vano. El fotógrafo Lou Lowery, de la revista Leatherneck había retratado el momento, mientras cientos de sirenas de los buques de guerra resonaban por todas partes, unidos a los vítores de los hombres que contemplaban por fin un golpe de efecto para su diezmada moral. Se ordenó coger una bandera más grande para sustituir a la que acababan de izar, y se trajo una de la LST 779. A las 12:00, se arriaba la primera y se alzaba la nueva enseña, mientras Joe Rosenthal, de la Associated Press, hacía su famosa fotografía y el Secretario de Marina, James Forrestal, de visita en la isla, contemplaba junto con el General Smith la imagen que se convertiría en el principal símbolo del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos.

 

ARENAS SANGRIENTAS

La toma del Monte Suribachi supuso una inyección de moral para las tropas que combatían en Iwo Jima. Decididos a utilizar esto, los oficiales de los “marines” ordenaron un asalto contra el aeródromo nº 2 a través de las pistas de rodaje que lo unían con el nº 1. Una columna de Sherman inició el tortuoso camino seguido del 21º regimiento, pero el camino estaba sembrado de minas y había gran cantidad de emplazamientos anticarro. El Coronel Ikeda había planeado bien la defensa. Mientras que en el extremo Norte de la pista caían los proyectiles del USS Idaho, en el Sur se llevaba a cabo un cuerpo a cuerpo en el que el empeño de los hombres del 3/21º del Teniente Coronel Duplantis logró llegar hasta un reducto final en la pista, hasta que los japoneses se lanzaron con las bayonetas caladas colina abajo y, tras un sangriento combate cuerpo a cuerpo, se detuvo el avance.

El ataque del 25 de febrero se estrelló en dos puntos a lo largo del frente. Por un lado, la 3ª División, con el apoyo de 26 carros Sherman, tuvo que desistir sus intentos de asaltar un enclave conocido como “Colina Peter”, en el extremo del aeródromo nº 2, optando finalmente por rodearlo y dejarlo para después. No sería hasta días después, con el apoyo de carros blindados, que se lograría arrollar la posición, tras una amarga lucha que costó no menos de 11 tanques. Por otro, la 4ª División se enfrentó a lo que pasaría a llamarse “La Picadora de Carne”. Era este un enclave constituido por 4 puntos fortificados. El primero de ellos, la Cota 382, era una elevación plagada de búnkeres y emplazamientos de ametralladoras difícilmente asaltable, y que se apoyaba en sus flancos por otra elevación conocida como la “Loma del Pavo” y por una depresión cuya cara oculta había sido fuertemente fortificada y conocida como el “Anfiteatro”. Completaban las defensas del complejo los restos de la aldea de Minami, que actuaba de primera línea desde el Sur. La 2ª Brigada Mixta del General Senda defendía esta posición, con el apoyo de algunos elementos del 26º de Carros del Barón Nishi. Este grupo de unidades aguantó operaciones de flanqueo, bombardeos masivos y asaltos de todas las clases mientras los “marines” se estrellaban una y otra vez a lo largo de más de una semana contra las bien planeadas defensas. Las bajas fueron especialmente elevadas entre los oficiales, y no fue raro ver a más de un sargento mandando una compañía. Mientras tanto, el 3º regimiento permanecía aún a bordo de los transportes. Nunca llegaría a pisar Iwo Jima.

Nuevos ataques se llevaron a cabo con carros lanzallamas, pero el enemigo simplemente huía a lo más profundo de los túneles y luego volvía a combatir. Mientras que en el resto de la isla se lograban avances, la 4ª División se había estancado contra el probablemente mejor y más defendido enclave de toda Iwo Jima. La aldea de Motoyama, capital de la isla, había caído días atrás, y por la otra costa, los norteamericanos avanzaron hasta que finalmente fueron detenidos en la Cota 362 A, que tuvo que ser tomada a un alto costo. Posteriormente , los hombres de la 3ª División sufrirían de nuevo graves pérdidas al avanzar a través del inacabado aeródromo nº 3 hacia la 362 B.

Para el 3 de marzo, las bajas ascendían a 14.000 japoneses muertos y 16.000 norteamericanos entre muertos (unos 3.000) y heridos. A ello se unía el valor de tanto de los atacantes como de los defensores. Sólo ese día se otorgaron 5 Medallas de Honor por valor en combate, de la casi treintena que se otorgaron a los “marines” en la batalla. Esa misma medianoche, un violento contraataque japonés en la dirección del aeródromo nº 3 fue rechazado con fuertes pérdidas, y los norteamericanos se asentaron en sus posiciones. Finalmente, mediante un asalto por sorpresa en que no tuvieron fuego de apoyo para no avisar al enemigo del asalto, los hombres del 24º regimiento tomaron la Cota 382, eliminando uno de los 4 enclaves que formaban la “Picadora de Carne”.

Al día siguiente se utilizó por primera vez la pista del aeródromo nº 1 para lo que el Mando Aéreo había pedido la invasión de la isla, cuando un B-29 con problemas aterrizó de vuelta de su misión. A partir de ese momento, se abrió la veda, y una media de 25 aparatos aterrizaban o despegaban diariamente, ya fuera para traer suministros o ya fueran aviones averiados. Aunque la batalla no hubiera terminado, el objetivo ya se había cumplido. Kuribayashi comprendió que poco se podía hacer ya, aunque estaba determinado a resistir hasta el último hombre, y así lo hizo.

 

UN CAMBIO DE ESTRATEGIA

Los mandos norteamericanos decidieron dar un descanso a sus agotados hombres el 5 de marzo, suspendiendo las ofensivas por todo el día. Aunque ello no significó una reducción del fuego de la artillería japonesa sobre sus posiciones, los “marines” pudieron tumbarse e intentar dormir unas horas o, al menos, descansar sus agotados y machacados cuerpos. Se había instalado una panadería en el extremo del conquistado aeródromo nº 1, desde la que se repartieron a los exhaustos hombres café y rosquillas, que contribuyeron a levantar el ánimo de la tropa y a variar el escaso rancho a base de raciones de campaña. Para los “marines” supuso un pequeño placer en medio de su infierno diario. A apenas unos metros, sus enemigos no tenían la suerte de poderse permitir semejantes lujos.

Terminada su visita a la isla, el Secretario de Marina Forrestal partió junto con el almirante Spruance a bordo del USS Indianápolis. Ello supuso por desgracia la partida también de otras unidades navales, lo que redujo considerablemente el apoyo naval a las tropas que todavía tenían por delante largas y sangrientas jornadas de lucha. Peor que eso fue que también partió en sus transportes el 3º regimiento de la 3º División, sin haber llegado a desembarcar en Iwo Jima. Inicialmente pensado como unidad de reserva, al final se decidió retirarlo en lugar de suplir las bajas que tuvieron que cubrir músicos, cocineros, mecánicos y cualquier hombre en condiciones de combatir, así como reclutas recién llegados del continente, con un inadecuado adiestramiento. Junto con esos reclutas, comenzaron a llegar las primeras unidades del Ejército regular que harían de guarnición de la isla, señal inequívoca de que el mando norteamericano daba prácticamente por finalizadas las operaciones. Es algo que a los “marines” les hubiera encantado, pero por desgracia no lo veían de ese modo. La única buena noticia del día fue la llegada de 28 P-51 y 12 Black Widow al mando del General Ernest C. Moore, que proporcionarían una cobertura y un apoyo bastante más directos que los que podían dar los aviones embarcados.

El descanso de las tropas norteamericanas finalizó al amanecer del nuevo día, con un bombardeo masivo sobre las posiciones japonesas. 132 cañones descargarían en menos de una hora y media 22.500 proyectiles sobre los nipones, desencadenando un verdadero infierno de fuego en sus líneas. Al brutal bombardeo de la artillería de los “marines” se unió el apoyo del fuego naval. Machacando con sus piezas de 14 y de 8 pulgadas, cruceros y acorazados descargaron sus correspondientes 450 impactos en la isla, ayudados por cargas de napalm y pasadas de ametrallamiento que llevó a cabo la aviación embarcada de los portaviones de escolta. Para las 08:00 horas, la 5ª División recibía órdenes de cargar por el extremo Oeste de la línea. Sería seguida una hora después por la 4ª en el Este, mientras que la 3ª División haría lo propio en el centro enemigo. Arañando metro a metro, no lograron más que abrirse camino en una cruenta lucha de combate cuerpo a cuerpo con lanzallamas y granadas de mano, pero en esta ocasión los japoneses lograron reducir los éxitos norteamericanos, y la línea del frente avanzó muy poco. Un grupo del 21º regimiento llegó incluso a una posición en la que divisaron el mar por detrás del enemigo, a menos de 500 metros, pero fue bombardeado con intensidad y finalmente tuvo que retroceder de nuevo. El ataque fue rechazado.

El fracaso del día 6 hizo replantear la estrategia y probar otras alternativas. En especial, el general Erskine había estado madurando un plan que había visto funcionar durante sus experiencias en la Primera Guerra Mundial: un ataque nocturno. La situación era grave, y el general Schmidt no resultó muy difícil de convencer. El Comandante del 3ª Batallón del 9ª regimiento era bastante más escéptico. El teniente coronel Boehm no confiaba en la viabilidad del plan, primero porque “no era el estilo de los marines”, y segundo porque en la oscuridad no estaba seguro de que se pudiera reconocer con claridad el objetivo. La mayoría de los riscos eran iguales.

Al amparo de la oscuridad, la lluvia y con un estricto silencio de radio, las tropas iniciaron su avance en las primeras horas del día 7. Los oficiales del 1º y 2º batallones prepararon un ataque de diversión para cubrir a sus camaradas del 3º, que se adentraron tras las líneas enemigas a las 05:00 horas. El silencio de los hombres sólo era interrumpido por el goteo incesante de la pertinaz lluvia que asolaba la isla, empapando a los “marines” y convirtiendo en un lodazal el avance a través de las líneas enemigas. Media hora tardaron en ser descubiertos por sus adormilados enemigos, y de nuevo se desencadenó el infierno. A las 06:00, un Boehm exultante informó de que se había ocupado el objetivo. Por desgracia no fue así. Tal y como había temido el veterano teniente coronel, las colinas eran muy difíciles de distinguir, y en la oscuridad de la noche habían errado el objetivo. Estaban a 230 metros de él. Soltando una maldición, Boehm ordenó asaltar la ahora bien defendida posición, y solicitó el apoyo de la artillería por delante de sus hombres para conseguirlo. No fue hasta las 14:00 horas, en que la compañía K aseguró la zona.

A las tropas del ataque de diversión no les fue mucho mejor. Después de avanzar sobre el enemigo, terminaron dando de bruces con el 26ª regimiento de tanques del Barón Nishi, siendo cercadas varias unidades rápidamente. El 2º Batallón, al mando del Coronel Cushman, se vio dispersado y rodeado antes de darse cuenta, de modo que los hombres se atrincheraron y resistieron como pudieron. Se tardó 6 días en romper el cerco. Los hombres del 1º, al mando del mayor Glass, fueron más afortunados y lograron abrirse paso con gran valentía hasta los Sherman que trataban en vano de avanzar a salvarles.

Sin embargo, los norteamericanos habían logrado romper las líneas enemigas. Un último esfuerzo a lo largo de 700 metros, y llegarían al mar, partiendo en dos las líneas japonesas.

 

BANZAI

Mientras se llevaba a cabo el asalto nocturno poco antes del alba, los hombres de la 5ª División se preparaban para envolver el frente enemigo. La situación era poco halagüeña, pues tendrían que hacerlo sin el apoyo de la artillería, que se encontraba falta de municiones. Manteniendo su avance a lo largo de la costa Norte, los “marines” avanzaron sin encontrar demasiada oposición. A medida que se acercaban a la aldea de Nishi sin disparar un solo tiro, los más veteranos se temían lo peor. Los bisoños recién llegados veían con entusiasmo cómo habían tenido suerte. Al parecer, en su lado del frente el enemigo había abandonado. Volverían a casa con vida.

La vanguardia del avance la llevaba el 26ª regimiento, que se adelantó hacia la cima del risco más próximo esperando recibir al otro lado un asalto cerrado o una descarga de fusilería a bocajarro, o incluso algo peor. Los japoneses no les decepcionaron, y se inclinaron por “algo peor”. Ante los ojos de sus sorprendidos y aterrados camaradas, el risco entero saltó por los aires en una explosión que resonó por toda la isla. Desde el Monte Suribachi, los observadores contemplaron atónitos la enorme columna de humo y polvo que se elevaba en el frente Norte, preguntándose qué es lo que podría haber causado semejante destrucción. Para cuando se dispersó la nube, en el inmenso cráter yacían los cuerpos sin vida de 43 miembros del 26ª, carbonizados. Los restos que se encontraron en el cráter esclarecieron lo ocurrido: los japoneses habían volado su puesto de mando local.

El 28ª regimiento les tomó el relevo y continuó avanzando a lo largo de la costa con el apoyo de los destructores, y la 4ª División pudo envolver al enemigo, cercando a las tropas del General Senda y del Capitán de Navío Inouye. Los dos oficiales decidieron contravenir las órdenes de Kuribayashi, que prohibían lanzar cargas suicidas, y enviaron a sus 1.500 hombres a un asalto nocturno. Armados con una variopinta colección de armas, que abarcaba desde los tradicionales sables de los oficiales hasta cargas explosivas atadas al pecho en algunos casos, se lanzaron sobre las posiciones americanas, pero fueron barridos por fuego de fusilería y ametralladoras, a la luz de las bengalas que descendían desde el cielo, y de las balas trazadoras, que iluminaban su agonía. Al amanecer del día siguiente, las posiciones de los “marines” estaban rodeadas de cadáveres desmembrados por el fuego de las pesadas balas de las ametralladoras del calibre 30. Entre los muertos, se encontró el cuerpo del Capitán Inouye, con su espada todavía entre sus rígidos dedos.

La respuesta norteamericana del jueves 9 de marzo llevó al 2º del 27º regimiento, con el apoyo de los Sherman, hasta los acantilados de la costa septentrional. Después de un sangriento y agotador avance, los “marines” lo habían conseguido. Al día siguiente incluso bajaron hasta las rocas y el Teniente Paul Connally llenó su cantimplora con agua del mar e hizo que se la enviaran al general Erskine.

Para el 10 de marzo, sólo el sector donde Kuribayashi tenía su cuartel general resistía en condiciones, en una zona conocida como “La Garganta” o “el Valle de la Muerte”. Rodeado de sus últimos hombres, el general japonés disponía sólo de 1.500 efectivos con los que tratar de alargar la estancia de las divisiones norteamericanas, dando así quizás unos días más de vida a su patria. El último acto de desafío japonés fue una carga de 300 hombres que asaltaron los campamentos americanos de la playa, matando a pilotos y marinos antes de ser arrollados por los “marines”, que acudieron al sonar las alarmas. 44 aviadores y 9 “marines” murieron y otros 88 aviadores y 31 “marines” fueron heridos, al precio de 262 japoneses muertos. Un último gesto de desafío de unos hombres que sabían desde que les destinaron a Iwo Jima que nunca regresarían a la tierra del Sol Naciente.

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Artículo por: Raúl Matarranz del Amo . Adaptación web por: Juan Quintana . Prohibida su reproducción sin permiso del autor.

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